Paul Farmer y el atruismo efectivo: dos miradas a la filantropía científica.
- Andrés Gómez

- Nov 16, 2025
- 4 min read
Una reflexión ética que pone en problemas la costo-efectividad.

En el mundo de la filantropía basada en evidencia, pocas dicotomías son tan provocadoras —y tan necesarias— como la que encarna Paul Farmer frente al movimiento del altruismo efectivo. Esa tensión revela algo profundo sobre cómo entendemos el impacto, la justicia y el valor de una vida humana. Y también nos ayuda, desde América Latina, a repensar cómo queremos diseñar y financiar programas sociales que sean verdaderamente transformadores.
Farmer fue cofundador de Partners in Health, médico, antropólogo, activista, y uno de los humanitarios más influyentes de las últimas décadas. Dedicó su vida a llevar atención médica de alta calidad a las personas más pobres del planeta, desde Haití hasta Ruanda. Su ética era radical: si un tratamiento salva vidas en Boston, entonces debe existir también para los pobres rurales. No importaba si era costoso, complicado o “ineficiente” desde la perspectiva de quienes hacen cálculos de costo-beneficio.
Mientras tanto, el altruismo efectivo —en su versión más simplificada— defiende algo distinto: hacer el mayor bien posible por cada dólar disponible. Esto implica priorizar intervenciones baratas y masivas —como mosquiteros contra la malaria o desparasitación— sobre tratamientos complejos y caros que benefician a muy pocos. Peter Singer, uno de los filósofos más influyentes del movimiento, suele decir que una vida puede salvarse por unos 1.000 dólares si financiamos los programas correctos.
Entonces, ¿estaba Paul Farmer equivocado?¿O son los altruistas efectivos quienes pierden de vista un componente ético esencial?¿Puede América Latina aprender algo de este debate?
En OnceOnce creemos que sí. Porque esta tensión revela dos modelos de filantropía con fortalezas, puntos ciegos y aprendizajes complementarios.
La eficiencia tiene límites cuando se trata de dignidad
El altruismo efectivo parte de una idea poderosa y correcta: los recursos son limitados, y debemos priorizar aquello que genera mayor impacto medible. Es un argumento ético, frío y eficaz. Pero tiene un punto ciego: al optimizar los recursos tal como existen, corre el riesgo de legitimar sistemas profundamente injustos.
Farmer lo sabía. Y por eso su trabajo fue un acto constante de rebelión.
Para él, decir que un tratamiento “no es costo-efectivo” no era un diagnóstico técnico, sino un síntoma de desigualdad estructural. No aceptaba que la pobreza definiera el estándar de atención. En un mundo justo —repetía— ningún ser humano debería recibir un nivel de salud inferior solo porque nació en el lugar equivocado.
Su filosofía se resumía en una frase que repetía a estudiantes y colegas:
“La idea de que algunas vidas valen menos que otras es la raíz de todo lo que está mal en el mundo.”
Y si uno toma en serio esa afirmación, entonces la lógica cambia. No se trata de optimizar cómo repartimos un presupuesto pequeño, sino de cuestionar por qué el presupuesto es tan pequeño para empezar. En otras palabras: la costo-efectividad nos ayuda a decidir dentro de un sistema dado; Farmer nos empuja a cambiar las reglas del juego.
El caso del niño haitiano y el dilema ético
Una de las historias más citadas de su biografía, Mountains Beyond Mountains, ilustra bien el conflicto. Un niño haitiano llegó a su clínica con un cáncer rarísimo que solo podía tratarse en Estados Unidos. Costaría más de 100.000 dólares. Para muchos, incluso para especialistas en salud global, era un caso “ineficiente”. Pero Farmer insistió en salvarlo. Lo trasladaron, recibió tratamiento y, aun así, murió. ¿Fue un desperdicio de recursos?¿Ha debido destinarse ese dinero a vacunas para cientos de niños?
Desde la óptica del altruismo efectivo, la respuesta es clara: sí. Desde la de Paul Farmer, la única respuesta moral era intentarlo. Porque frente a un paciente concreto, la eficiencia no era lo central; lo central era la dignidad. El dilema no es pequeño. Y no está resuelto.
¿Qué opinan los altruistas efectivos sobre Paul Farmer?
El movimiento de altruismo efectivo no es ajeno a esta tensión. Tras su muerte en 2022, muchas voces del movimiento lo reconocieron como un ejemplo extraordinario de compasión y compromiso radical con los más pobres.
Peter Singer lo admiraba profundamente. En The Life You Can Save, lo cita como modelo ético de generosidad. Pero —y aquí está el matiz— Singer no adopta el estilo de Farmer como guía para los donantes promedio. Lo ve como un caso excepcional, admirable pero difícil de replicar. En cambio, recomienda canalizar recursos hacia intervenciones probadas y baratas que cualquiera puede apoyar.
Otros miembros de la comunidad AE reconocen abiertamente que Farmer seguía un camino diferente, pero complementario. Mientras el altruismo efectivo intenta maximizar bajo las condiciones actuales, Farmer intentaba cambiar las condiciones mismas. Ambos enfoques son necesarios. Una frase muy citada dentro de los debates del movimiento lo resume bien:
“El altruismo efectivo maximiza sujeto a restricciones; Farmer luchaba por relajar esas restricciones.”
¿Qué significa esto para América Latina?
En nuestra región, donde los sistemas de salud son frágiles y la inversión social es baja, este debate no es filosófico: es práctico. Todos los días organizaciones sociales y filántropos enfrentan dilemas entre priorizar intervenciones ampliables y baratas, o fortalecer sistemas completos, más costosos pero más dignos.
Desde OnceOnce creemos en un enfoque híbrido, exigente y realista:
Sí a la costo-efectividad: debemos usar datos, comparar alternativas y priorizar intervenciones con impacto probado.
Sí a la dignidad: no podemos reducir la justicia social a optimizar solo algunas intervenciones.
Sí a cambiar las reglas del juego: lo “ineficiente” hoy puede habilitar avances futuros.
Sí a fortalecer sistemas públicos: sin instituciones fuertes, ninguna intervención es sostenible.
El legado de Paul Farmer nos recuerda que medir impacto no basta; también hay que preguntarse qué impacto vale la pena medir.
Conclusión: necesitamos más Farmers y más altruistas
Paul Farmer es incómodo para el altruismo efectivo… y eso es bueno. Es un recordatorio de que la filantropía no debe conformarse con administrar la escasez, sino trabajar para ampliarla. Y también es un recordatorio de que la compasión radical, sin evidencia, puede estancarse.
La solución no es elegir un modelo u otro. La solución es una filantropía que combine:
la ambición moral de Farmer,
con la disciplina analítica del altruismo efectivo.
Eso es, justamente, lo que intentamos hacer en Once Once. Construir programas que respeten la dignidad, optimicen recursos, transformen sistemas y mantengan una brújula ética clara: todas las vidas importan por igual.



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