Un sistema de monitoreo para el liderazgo público
En este proyecto trabajamos con una fundación antioqueña para diseñar todo sus sistema de monitoreo y aprendizaje. Fue nuestra primera vez con un modelo que aspira a un "impacto sistémico", refiriendo por ello un cambio en dimensiones individuales, comunitarias e institucionales. En principio esto no parece muy dificil, pero eso implíca que hay al menos tres rutas distintas de impacto, y que todas interactúan entre sí.

Reto:
3 trayectorias
de impacto
Diseño:
Indicadores estandarizados
Medición:
Pilotaje
Descubrimientos:
Liderazo público estandarizado.
Aprendizajes:
Lo sistémico no es estructural
Los programas de liderazgo público en Colombia están en auge. Sin embargo, su formulación suele ser ambigua, pues no está claro cómo talleres, capacitaciones u otras actividades se traducen en capacidades reales para ejercer liderazgo público, entendido de manera general como la capacidad de inducir a más personas hacia preferencias individuales y colectivas de carácter prosocial.
Partimos de una ambición metodológica clara: diseñar un sistema que permitiera capturar los efectos de la intervención en tres niveles. En el nivel individual, identificar cómo cambian los valores de quienes participan; en el nivel comunitario, observar cómo se fortalecen las redes sociales; y en el nivel estructural, analizar cómo se activan procesos de cambio institucional.
Para lograrlo, construimos un sistema de monitoreo basado en métodos mixtos. Combinamos herramientas cuantitativas, como encuestas estandarizadas, con técnicas cualitativas, como entrevistas y ejercicios participativos. Establecimos dos momentos de medición: una línea base para capturar los cambios inmediatos, y una medición de seguimiento doce meses después para evaluar la sostenibilidad de los resultados.
Entre los instrumentos diseñados destacamos encuestas sobre liderazgo y capital social, métricas sobre activación de ecosistemas, y un juego de economía experimental para medir niveles de confianza y cooperación en las redes comunitarias.
Pero medir no era suficiente. Queríamos que los datos recogidos se convirtieran en aprendizajes útiles para quienes toman decisiones. Por eso diseñamos también un sistema de gestión del conocimiento, orientado a transformar información en acción.
Este sistema incluyó una agenda de aprendizaje con preguntas estratégicas, espacios de discusión para interpretar colectivamente los datos y alianzas con expertos para enriquecer el análisis. El resultado fue un circuito de retroalimentación donde los hallazgos del monitoreo alimentan mejoras reales en los programas.
Después del piloto, identificamos oportunidades clave para optimizar la intervención. Recomendamos fortalecer la selección de participantes para asegurar una mayor representatividad y equidad. Propusimos experimentar con la dosificación de los “tratamientos”, es decir, ajustar el número y tipo de actividades para identificar el mínimo viable que genera cambios significativos. También resaltamos la necesidad de crear un marco interno que permita seguir evaluando los programas a lo largo del tiempo, impulsando así una cultura de mejora continua basada en evidencia.
Este proyecto nos reafirmó algo que creemos profundamente: medir bien no es una carga administrativa, es una forma de cuidar el impacto. Y construir sistemas de aprendizaje no es un lujo, es el camino más seguro hacia la transformación social.
