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Ingresos, salud o bienestar subjetivo: Debates sobre cómo medir progreso

  • Aug 12
  • 7 min read

Imagine una respuesta de emergencia a un terremoto. ¿Qué deberíamos medir para saber si funcionó? ¿Mejoras en ingresos y en capacidades económicas básicas? ¿Reducción del sufrimiento asociado a problemas de salud? ¿Bienestar subjetivo, reportado por las propias personas atendidas?


La pregunta no tiene una respuesta obvia, y no es solo una cuestión técnica. ¿Hay una medición mejor que otra? Probablemente no, al menos no de forma universal. Lo que sí hay son decisiones filosóficas de fondo que nos llevan a privilegiar una métrica sobre otra, casi siempre sin que las hagamos explícitas.


En un mundo utilitarista, donde en principio se le puede poner precio a todo, la salud suele tener el precio más alto. Podemos ser ricos y sentirnos satisfechos con la vida, pero sin salud no hay bienestar objetivamente completo. Esa es la lógica detrás de privilegiar los DALYs, medir sufrimiento y mortalidad, por encima de cualquier otra cosa.


Quienes desconfían de poder comparar el bienestar de una persona con el de otra encuentran en el bienestar subjetivo una salida razonable. Si no se pueden comparar peras con manzanas, lo sensato es preguntar directamente cómo hacen sentir las peras y las manzanas a cada quien. Esa es, en el fondo, la apuesta del WELLBY.


Y un tercer grupo cree que lo que finalmente importa es la libertad real que tiene una persona para decidir sobre su propia vida, y que esa libertad depende en buena medida de tener recursos. Para ellos, medir el ingreso es la forma más directa de aproximarse a esa libertad, y por eso lo tratan casi como la variable central.


¿Han pasado por esta discusión antes de decidir qué indicador va a definir si un programa funcionó? Detrás de esa elección hay algo más específico que una preferencia filosófica, hay una exigencia de precisión conceptual que hay que hacer explícita.



La respuesta del Happier Lives Institute

Frente a esta disyuntiva, el Happier Lives Institute tiene una propuesta. En un ensayo reciente proponen el WELLBY, wellbeing adjusted life year, como unidad estándar de bienestar individual por año, y argumentan que debería complementar, y en muchos casos reemplazar, a los DALYs como unidad principal para evaluar el impacto de una intervención.


El argumento tiene cuatro partes.


  • Primero, el bienestar subjetivo integra en un solo número el efecto de todos los bienes instrumentales que produce una intervención, así se evita el problema de asignar pesos morales por separado a la salud, el ingreso, la libertad o la dignidad.

  • Segundo, se basa en el reporte de la propia persona afectada, no en la predicción externa de un evaluador sobre qué tan buena o mala es una condición de vida para otro.

  • Tercero, revela beneficios que las métricas tradicionales capturan mal, como ha pasado con la psicoterapia.

  • Cuarto, ya existen instrumentos de medición ampliamente validados y fáciles de aplicar en distintos países y poblaciones.


Es un argumento serio y bien documentado. Pero para sostenerlo hasta el final hace falta identificar las limitaciones de esa decisión y cuál es la filosofía subyacente que motiva esta elección. Por qué medir bienestar y no ingreso, no es una pregunta técnica. Es una pregunta filosófica que el ensayo responde rápido y que merece más desarrollo.


La pregunta que hay que responder primero

Detrás de cualquier decisión de qué medir hay una teoría implícita de qué es lo que finalmente importa. El ensayo asume, con razón, que salud e ingreso no son valiosos en sí mismos, sino instrumentos para conseguir algo más, una vida que valga la pena vivir. De ahí concluye que hay que medir directamente ese algo más, el bienestar, en vez de sus instrumentos.


Ese salto habría que justificarlo mejor. No toda la filosofía moral está de acuerdo en que el bienestar subjetivo reportado por una persona sea el mejor indicador de si su vida va bien. Amartya Sen (1979) propuso el enfoque de capacidades precisamente porque una persona puede reportar satisfacción alta habiendo ajustado sus expectativas hacia abajo, después de años viviendo con privación. Si medimos solo el reporte, podemos concluir que la privación no es tan grave, cuando lo que cambió fue la expectativa, no la condición real de vida.


Hay otro matiz que vale la pena nombrar con precisión. Cuando alguien diseña una intervención asumiendo que sabe qué es mejor para una persona está operando bajo una lógica que tiene nombre propio en economía del comportamiento: paternalismo libertario (Thaler y Sunstein, 2003). Esto se entiende como la intervención del entorno de decisión de alguien en su propio beneficio sin quitarle formalmente la libertad de elegir. El bienestar subjetivo se presenta, en parte, como la forma de evitar precisamente eso, dejar que la persona hable por sí misma en vez de que un tercero decida qué es bueno para ella. Es una intención valiosa. Pero conviene tenerla presente como lo que es, una posición filosófica específica sobre quién tiene la autoridad para juzgar una vida, no un hallazgo empírico neutral.


El problema de comparar el bienestar de distintas personas

Sumar el bienestar de Ana y el de Juan en una sola cifra exige asumir que un punto en la escala de Ana significa lo mismo que un punto en la escala de Juan. Kenneth Arrow (1951) fundó la teoría de la elección social mostrando qué tan exigente es agregar las preferencias de distintas personas (preferencias individuales) en un ordenamiento social coherente (decisiones colectivas), pero su teorema parte de que esas preferencias no son comparables entre personas. Fue Amartya Sen (1970) quien llevó el problema al terreno específico que le interesa al WELLBY, la comparabilidad interpersonal de utilidad o bienestar, y quien mostró qué tan exigentes son los supuestos necesarios para poder sumar el bienestar de una persona con el de otra. Es una de las preguntas menos resueltas de la economía del bienestar.


El propio ensayo lo reconoce, lo llama comparabilidad entre escalas, y lo trata como un tema de investigación pendiente. Junto con eso admite que no sabemos bien dónde está el punto neutro de una escala de bienestar, el equivalente a un DALY de cero, y que casi no existen todavía análisis de costo efectividad completos construidos con WELLBYs. Son limitaciones honestas que plantea el ensayo de Happier Lives Institute.


El ejemplo de los DALYs, revisado

El ensayo pone un ejemplo para justificar el sesgo de los DALYs. Los pesos de discapacidad que se usan para calcular la carga de una enfermedad se construyen a partir de encuestas a población general, que responde sobre descripciones hipotéticas de enfermedades. Eso introduciría un sesgo, dice el ensayo, porque la carga del cáncer para quien lo padece no es necesariamente la misma que percibe la población general que nunca lo ha vivido.


Tal como está expuesto, el ejemplo es simplemente una diferencia entre subjetividad individual y subjetividad colectiva ponderada. Cambia cuantos opinan. En el caso del bienestar subjetivo, opina una persona en una escala definida. En el caso de las encuestas que definen la carga de la enfermedad, opinan miles de personas en una escala definida.


La medición de pobreza es, en el fondo, una medición materialista. Pregunta por la existencia o ausencia de un conjunto de mínimos verificables, ingreso, acceso a agua, educación, vivienda. Ese es el aporte de la pobreza multidimensional, descomponer un concepto amplio en subcomponentes que se pueden observar y sumar con una regla explícita y auditable.



Lo que está en juego al elegir

El propio Happier Lives Institute comparó, usando WELLBYs, dos programas conocidos en el sector: GiveDirectly, que entrega transferencias de efectivo directas, y StrongMinds, que ofrece psicoterapia grupal en Uganda y Zambia. El resultado, GiveDirectly produce 7.5 WELLBYs por cada mil dólares, StrongMinds produce 71.3. Casi diez veces más.


Si esa comparación se hiciera con DALYs o con métricas de ingreso, StrongMinds probablemente no se vería tan competitivo, porque su efecto principal es en salud mental, un territorio que, dicen, el ingreso y los DALYs capturan mal.


¿Por dónde empezar en la práctica?

De este debate se infiere que la ruta no es inventar un instrumento propio para cada contexto, ni abandonar de un salto los DALYs, las líneas de pobreza o los índices de pobreza multidimensional por el bienestar subjetivo. Esos instrumentos, con todas sus limitaciones, tienen algo que el WELLBY todavía no tiene a la misma escala, décadas de validación, comparabilidad internacional, e infraestructura de recolección ya construida, desde el Global Burden of Disease hasta las líneas de pobreza del Banco Mundial.


La tarea rigurosa es distinta, y más exigente. Es entender con precisión qué territorio conceptual cubre cada métrica estandarizada y qué deja explícitamente por fuera. El bienestar subjetivo puede complementar esas métricas donde el vacío es evidente, salud mental, soledad, calidad de las relaciones. Pero complementar con un instrumento validado y comparable es distinto a reemplazar un estándar consolidado por un número que todavía no resuelve su propia comparabilidad interna.


¿Por qué esto importa para Latinoamérica?

Estamos en un momento particular para la región. Hay una oportunidad real de construir organizaciones de alto impacto desde cero, con estándares de medición serios desde el diseño, en lugar de heredar sistemas de reporte pensados para justificar presupuesto ante donantes. Esa oportunidad se aprovecha adoptando, con criterio, los estándares que ya existen y que el resto del sector usa para poder comparar resultados.


Eso implica mirar cómo miden nuestros referentes, entender por qué miden así, y priorizar la comparabilidad con el resto del ecosistema por encima de la comodidad de reportar lo que mejor nos hace ver. Si nuestras métricas internas dicen que un programa tiene un retorno social de la inversión del doscientos por ciento, que no hay deserción y que todos los participantes están satisfechos, pero ninguna otra organización seria mide su trabajo con esa misma vara, probablemente el sistema de medición no mide bien.


El rigor conceptual y la capacidad de actuar van juntos. Empaparse de estos debates, entender qué mide cada instrumento y qué deja por fuera, es lo que permite decidir y aceptar el trade-off que toda medición implica, sabiendo con precisión qué se sacrifica y sabiendo que nos estamos acercando lo más posible a conceptos mutuamente excluyentes y colectivamente exhaustivos.



Referencias


McGuire, J., Dupret, S., y Plant, M. (2025). To WELLBY or not to WELLBY? Measuring non-health, non-pecuniary benefits using subjective wellbeing. Happier Lives Institute. Ver artículo


Sen, A. (1979). "Equality of What?" The Tanner Lecture on Human Values, Stanford University. Ver artículo


Sen, A. (1970). "Interpersonal Aggregation and Partial Comparability." Econometrica, 38(3), 393-409. Ver artículo


Arrow, K. J. (1951). Social Choice and Individual Values. Cowles Foundation, Yale University Press. Ver libro


Thaler, R. H. y Sunstein, C. R. (2003). "Libertarian Paternalism." American Economic Review, 93(2), 175-179. Ver artículo

 
 
 

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